Felipe Vallese había salido de su casa (Morales 628, Capital Federal) un 23 de agosto de 1962 a las 23 horas y se dirigía por la calle Canalejas rumbo a la fábrica TEA (Trafilación y Esmaltación de Alambres) donde trabajaba como obrero metalúrgico y delegado. En su camino, fue interceptado por 7 hombres armados quienes lo golpearon y lo metieron en un auto que escapó rápidamente. Era también militante de la Juventud Peronista durante la resistencia.

Minutos después, en su domicilio, cayeron en la redada la esposa de Felipe, Elvia de la Peña, un matrimonio que también vivía allí, Agustín Adaro y Mercedes Cerviño y el hermano del obrero secuestrado, Italo Vallese. También estaban en la casa, Felipe Vallese (h) de 3 años de edad y dos niñas de 8 y 10 años, hijas de una de las detenidas.

“El primer recuerdo que tengo es la imagen de un grupo de personas armadas entrando a mi casa y llevándose a la gente que vivía conmigo en una casa de Flores. Desde ese día lucho para conocer mi identidad y reconstruir la historia de mi viejo”, rememora Felipe Vallese hijo.

Todos fueron secuestrados y terminaron en poder de la policía de San Martín, donde fueron torturados cumpliendo directivas de la superioridad para la prevención y represión de actividades subversivas y disolventes, al mando de Juan Fiorillo.
Según parece, el motivo que tuvo la policía para esta intervención, fue intentar averiguar el paradero de (Alberto) ‘Pocho’ Rearte, a quien se consideraba implicado en el asesinato de dos policías.

La policía de San Martín anunció la detención y la dio como efectuada el 3 de setiembre, bajo los cargos de que Vallese poseía panfletos y libros de propaganda peronista, armas de fuego y una chaqueta del ejército.
La tormenta desatada por la desaparición de estas personas cobró fuerza y dos jueces tomaron esos procesos, descubrieron la farsa y declararon nulas las acusaciones liberando a los detenidos (salvo a Felipe Valiese).

Las informaciones permiten reconstruir que el obrero metalúrgico estuvo en primer término alojado en la comisaría 1ª San Martín. Después pasó al destacamento policial de José Ingenieros, donde fue objeto de torturas y vejámenes. Por último, se lo llevó a la comisaría de Villa Lynch. Es allí donde se pierde el rastro, pero se supone que murió en una de las sesiones de tortura y su cadáver fue enterrado en un lugar que aún hoy se ignora.

Su nombre es desde entonces, sinónimo de aquella juventud que no reparó en peligros por la defensa de sus ideales. En su memoria, la calle Canalejas hoy lleva su nombre y así también se denomina el salón de actos de la CGT en su sede de la calle Azopardo 802 de la Capital Federal.

Hoy a 57 años de su secuestro y desaparición, los metalúrgicos le rendimos homenaje y nos comprometemos a no olvidar.